Leo en El Mundo, que al escritor Fernando Sánchez Dragó se le ha muerto su gato, Soseki. Huelga decir que comprendo perfectamente ese dolor intenso por el que él y su mujer están pasando, y lo lamento en el alma. Cualquiera que haya perdido a un animal, querido, admirado y respetado, sabe lo que es.
Hoy toca hablar de mi niña. La muerte de Soseki, me ha hecho recordar a mi pequeña. Era mi niña. Dice Sanchez Dragó hablando de Soseki, que era un ángel. La mía era una diosa. Mil veces, al mirarla, hemos pensado en ella como lo que era en realidad, la diosa egipcia, Bastet. Todo el mundo cabía en sus ojos, de un intenso color azul, como el color que tiene el mar en algunos sitios de Mallorca, ese color azul intenso.
Katy era una gata siamesa. Los siameses son muy suyos. Eligen (y digo bien) a un amo y el resto del mundo no les importa. A mí, a pesar de sus desprecios y sus enfados (que se enfadaba) cuando la dejábamos sóla, me tenía loca. Me enamoré de ella nada más verla, frágil y pequeña, saliendo de una cesta de mimbre por la que me decían que asomaba la cabeza entre la casa de donde salió a la nuestra… Era una curiosa indomable.
Llegó a casa por casualidad, iba a ser un regalo para una de mis abuelas, que no podía llevársela ni cuidarla a pesar de adorar a los animales. Mi madre, como en otras tantas ocasiones, sentenció: “Si entra en mi casa un gato, no sale”.
Yo no fui con ellos a recogerla porque yo no quería un gato, yo quería un perro, llevaba años queriendo un perro. Y sin embargo… algo pasó de repente, algo ocurrió, cuando salió de aquella cesta… que me enamoró de ella y contagio esta pasión por los gatos a donde quiera que voy. No puedo evitarlo. Me vuelven loca.
Pronto nos dimos cuenta que aquella gata no tenía nada de frágil ni de pequeña. Bueno, pequeña sí, tenía apenas 4 meses. Salió de la cesta asustada, le enseñamos su cajón de arena, y empezó a investigar. Le tiramos una pelota de papel por el pasillo, echó a correr detrás de ella. La intención era que saliera de la despensa, donde tenía su cajón y que viera su nueva casa. No podíamos evitar ir detrás de ella. Simplemente verla, era algo increíble, aquella fluidez, aquellos movimientos suaves… Mi padre decía que era una gata sexy.
Le encantaba disfrutar del sol. La primera vez que la cepillamos huyó, las veces siguientes la volvía loca de gusto. Era muy habladora, maullaba (miagaba, en asturiano) por cualquier tontería. Podías sostener conversaciones con ella. Eso es algo común en los siameses, me dicen.
Originalmente se llamaba “Duquesa” (puag). No teníamos nombre para ella hasta que un día, estando subida en el mueble bar del salón (la cantidad de veces que pensamos que nos tiraba la tele cuando se bajaba de ese mueble, son incontables) mi madre dijo desde el sofá: Katiiiii…
La gata volvió la cabeza y se nos quedó mirando como diciendo: qué quereis, pesaos… Nos quedamos con la boca abierta. Respondia por ese nombre cuando le daba la gana, obviamente. Para encontrarla, al final, usabamos la técnica de la comida. Agitabas su comida llamándola y salía de donde quiera que estuviera.
Le encantaba el pollo, el jamón york, el yogur y el bonito en salsa. Recuerdo que una vez, cenando mi hermano y yo, mientras ella corría por el pasillo arriba y abajo, entró corriendo de repente y con un salto desde el medio de la cocina se plantó delante de mi cena. Era bonito. Le pegué un manotazo que la volví a enviar al medio de la cocina. Hay cosas que no permití jamás con ella. Que se me metiera entre las sábanas a dormir conmigo (lo hacía cuando yo no me enteraba) y que subiera a la mesa de la cocina cuando estabamos comiendo.
Las palomas también le encantaban. Lo más que consiguió fue echarle un zarpazo a una y arrancarle plumas. Había que tener mucho cuidado cuando entrabas en una habitación con la ventana abierta. Porque salía de la nada y aparecía corriendo en dirección a la ventana, mientras tú gritabas y ella no te hacía ni puñetero caso.
Dormía con el primero que pillara, la noche con mi madre, la mañana conmigo o en mi cama cuando yo me levantaba. Te dejaba las piernas destrozadas, porque pesaba como un demonio (5 kilos aprox. Klaus pesa 10) y la tía no se apartaba cuando estaba echada, no… tú movías las piernas porque no podías más y te perseguía… En medio de la noche, te despertaba un peso encima de la cama, la notabas llegar, suave, despacio, como diciendo: no quiero que te despiertes. Entonces, sin darte apenas cuenta, se colaba entre el edredón y la manta y bajaba por tu espalda hasta las piernas.
Los gatos saben cuando tienen que dejarse acariciar. Y saben cuándo pasa algo, recuerdo su comportamiento el día que murió mi abuelo, en concreto una hora antes se volvió loca, literalmente. No paraba de correr y saltar. No tiene sentido, lo sé, pero son dioses, de eso tampoco nos podemos olvidar.
Pasamos 15 maravillosos años cuidándonos mutuamente. 15 años de juegos, risas, caricias, enfados, arañazos, gritos, y amor en lo más extenso de la palabra. Murió en mi cama, se echó a dormir entre la manta, como otras veces hacía. Y, suponemos, le falló el corazón. Por lo menos fue rápido y sin sufrir mucho. O eso prefiero pensar.
Pasé (pasamos todos) un día llorando sin parar. Mi madre quitó todos sus trastos porque no soportaba verlos por el medio. Mirábamos esos huecos y volvíamos a llorar. No teníamos intención de tener otro animal, pero… Lo necesitabamos. Al día siguiente fuimos a por Klaus. Mi tía, tenía varios gatos y este zurraba a una gatina pequeña y no la dejaba vivir. Tenía que dárselo a alguien. Y nos tocó.
De mi pequeña, tengo una mirada clavada en el alma, que no se me irá nunca.