Vivo en una isla, hasta ahí todo claro. Vivir en una isla tiene sus ventajas (playas, el estilo de vida calmaaaado a veces en extremo…) y sus inconvenientes. Entre sus inconvenientes podemos mencionar el hecho de que salir fuera de la isla es relativamente caro, y que consecuentemente, las cosas (incluyendo la comida) están ligeramente más caras que en la península.
Pero hay una que no podeis imaginar… El concepto de distancia está a años luz de la península.
Cuando llegué aquí una de las primeras cosas que me dijo, un mallorquín, fue: para ir a cualquier sitio que requiera más de 15 minutos andando, se coge el coche.
Todo aquello que quede a una hora de coche de Palma ya es el fin del mundo.
Además, hay otro problema (también reconocido por mis amigos mallorquines): no hay diferencia entre ir, venir y subir, bajar.
Es una isla, es entendible, por mucho que te vayas vas a encontrar mar, normal que esos conceptos no sean necesarios. A los peninsulares, de todos modos, nos resulta curioso.
Se puede entender, por tanto que nos perdiéramos en Madrid, no? O no?
Acostumbradas como estábamos a la distancia mallorquina, que nos dijeran: la estación está ahí cerca, sigues esta calle, pasas un edificio con bolas, así redondo, sigues un poco y ahí está.
Ahm… Pos vale. 30 minutos más tarde encontrábamos una estación de Metro. La única en la zona. A todo esto eran, aproximadamente, las 20.00 horas. Nos habían prometido sacarnos de cañas por Madrid (por Dios, ir a Madrid y no salir de cañas es un sacrilegio!)
Nuestros compañeros ya estaban en Madrid, habiéndonos dicho: Bajaros en Tribunal.
Y nos bajamos en Tribunal. Pues a partir de ahí fue el caos. Llamamos: oye, que dónde estais… ah… vale… a la derecha o a la izquierda? vale… sí, sí… vamos…
Literalmente: tres calles más arriba de Gran Vía, en Fuencarral.
A una que no es especialmente ducha en la orientación le sueltan esto… y lo primero que piensa es: dónde coño está Fuencarral…
Empezamos a caminar… buscando las placas de los nombres de las calles… y ni una, oiga. Ni una. Cuando llevábamos 20 minutos andando, preguntamos a una chica: dónde estamos?
Y la chavala, bien maja: En Fuencarrrraaaaaaalllll!!!! En pleno centro! En la mejor zona de Madrid! Nono, vais muuuy bien!
Todo esto con una sonrisa en la boca
Nos habían dicho Gran Vía. Llego yo y suelto, “aquello debe de ser Gran Vía, vamos pa’ allá!”
Nada más lejos de la realidad, por supuesto. Acabo de comprobar que eran la calle Carranza y la Calle Sagasta. Toma ya.
No veíamos el nombre de las calles, por supuesto. Sí, tengo una aplicación de Google Maps en el bolsillo en mi teléfono móvil. Y sí, la usé. Lástima que no supiera ubicarme yo dentro del mapa! No había manera, le daba vueltas y ni de coña comprendía dónde estaba. Ni yo, ni qué puñetas me estaba diciendo Google…
Cuando llegamos al cruce de esas calles, nos llaman: que dónde estamos…
- En Gran Vía!
- Pues es la tercera!
- Pues va a ser que no!!
Tira pa’ abajo de nuevo… pregunta a tres personas que no sabían ni dónde estaba la plaza que buscábamos ni dónde estaba Hortaleza, métete por callejuelas, intenta encontrar una calle… mi Google Maps me grita: busca la Calle Hortaleza (el cacharrito insistía en que si la encontrábamos, nos encontrábamos… y así fue… una hora más tarde…).
Encontrar una calle y relacionarla con los mapas que llevaba en un bolsillo (cuando ya llevábamos una hora caminando pa’ arriba de Tribunal… ) fue un auténtico logro. Y cuando estábamos llegando, vuelven a llamar: oye, que nos vamos…
Lo que faltaba… Justo entonces fue, cuando en medio de la calle nos encontramos. Hora de encuentro: las 21.15 horas.
El cachondeo fue considerable.
Al día siguiente ya lo sabía toda la oficina. Manda webos.
Por cierto, los garitos a los que luego fuimos no estaban del todo mal, había uno donde servían algo que llamaban “yayos” y que no supieron decirnos de qué estaba hecho (vermouth llevaba). Y el siguiente al que fuimos, pequeño y bastante oscuro, tenía una música genial… lástima que ni me acuerde el nombre para hacerles publicidad!
Y otro por cierto más, Virgen de Covadonga, cómo echo de menos encontrarme con las calles a rebosar y tiendas abiertas a las 9 de la noche!! Menos mal que fui de viaje de negocios y no de placer, porque me hubiera dejado el sueldo!